VI
Luego soñé que estaba tendido en una camilla, en mi prisión.
No veía.
Llevéme la mano a los ojos como para quitarme una
venda, y me toqué los ojos abiertos, dilatados.... ¿Me había quedado ciego?
No. Era que la prisión se hallaba llena de tinieblas.
Oí un doble de campanas..., y temblé.
Era el toque de “Ánimas”.
―Son las nueve.... (pensé.) Pero ¿de qué día?
Una sombra más obscura que el tenebroso aire de la
prisión se inclinó sobre mí.
Parecía un hombre...
¿Y los demás? ¿Y los otros diez y ocho? ¡Todos habían
muerto fusilados! ¿Y yo? Yo vivía, o deliraba dentro del sepulcro.
Mis labios murmuraron maquinalmente un nombre, el
nombre de siempre, mi pesadilla....
―¡«Ramón!»
―¿Qué quieres?―me respondió la sombra que había a mi lado.
Me estremecí.
―¡Dios mío! (exclamé.)―¿Estoy en el otro mundo?
―¡No!―dijo la misma voz.
―Ramón, ¿vives?
―Sí.
―¿Y yo?
―También.
―¿Dónde estoy? ¿Es ésta la ermita de San Nicolás? ¿No me hallo prisionero?
¿Lo he soñado todo?
―No, Basilio; no has soñado nada. Escucha.
VII
Como sabrás, ayer maté al Teniente Coronel en buena lid. ¡Estoy vengado! Después, loco de furor, seguí matando..., y maté... hasta después de anochecido..., hasta que no había un cristino en el campo de batalla.
Cuando salió la luna, me acordé de ti. Entonces
enderecé mis pasos a la ermita de San Nicolás con intención de esperarte.
Serían las diez de la noche. La cita era a la una, y
la noche antes no había yo pegado los ojos. Me dormí, pues, profundamente.
Al dar la una, lancé un grito y desperté. Soñaba que
habías muerto. Miré a mi alrededor, y me encontré solo. ¿Qué había sido de ti?
Dieron las dos..., las tres..., las cuatro... ¡Qué noche de angustia! Tú no
aparecías. ¡Sin duda habías muerto!
Amaneció.
Entonces dejé la ermita, y me dirigí a este pueblo en
busca de los facciosos. Llegué al salir el sol.
Todos creían que yo había perecido la tarde antes.
Así fue que, al verme, me abrazaron, y el General me
colmó de distinciones.
En seguida supe que iban a ser fusilados veintiún
prisioneros. Un presentimiento se levantó en mi alma. ¿Será Basilio uno de
ellos?, me dije.
Corrí, pues, hacia el lugar de la ejecución. El cuadro
estaba formado. Oí unos tiros. Habían empezado a fusilar. Tendí la vista...;
pero no veía...
Me cegaba el dolor; me desvanecía el miedo. Al fin te
distingo. ¡Ibas a morir fusilado! Faltaban dos víctimas para llegar a ti. ¿Qué
hacer? Me volví loco; dí un grito; te cogí entre mis brazos, y, con una voz
ronca, desgarradora, tremebunda, exclamé:
―¡Éste no! ¡Éste no, mi General!
El General, que mandaba el cuadro, y que tanto me
conocía por mi comportamiento de la víspera, me preguntó:
―Pues qué, ¿es músico?
Aquella palabra fué para mí lo que sería para un viejo
ciego de nacimiento ver de pronto el sol en toda su refulgencia.
La luz de la esperanza brilló a mis ojos tan
súbitamente, que los cegó.
―¡Músico (exclamé); sí..., sí..., mi General! ¡Es músico! ¡Un gran músico!
Tú, entretanto, yacías sin conocimiento.
―¿Qué instrumento toca?, -preguntó el General.
―El... la... el... el...; ¡si!... ¡justo!..., eso es..., ¡la corneta de
llaves!
―¿Hace falta un corneta de llaves?―preguntó el General, volviéndose a la
banda de música.
Cinco segundos, cinco siglos, tardó la contestación.
―Sí, mi General; hace falta, -respondió el Músico mayor.
―Pues sacad a ese hombre de las filas, y que siga la ejecución al momento,
-exclamó el jefe carlista.
Entonces te cogí en mis brazos y te conduje a este
calabozo.
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