VIII
No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije,
con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:
―¡Te debo la vida!
―¡No tanto!―respondió Ramón.
―¿Cómo es eso?―exclamé.
―¿Sabes tocar la corneta?
―No.
―Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la mía sin salvar la
tuya.
Quedéme frío como una piedra.
―¿Y música? ―preguntó Ramón―. ¿Sabes?
―Poca, muy poca....―Ya recordarás la que nos enseñaron en el colegio.
―¡Poco es, o, mejor dicho, nada! ¡Morirás sin remedio! ¡Y yo también, por
traidor..., por falsario! ¡Figúrate tú que dentro de quince días estará
organizada la banda de música a que has de pertenecer!
―¡Quince días!
―¡Ni más ni menos!―Y como no tocarás la corneta, porque Dios no hará un
milagro, nos fusilarán a los dos sin remedio.
―¡Fusilarte! (exclamé.) ¡A ti! ¡Por mí! ¡Por mí, que te debo la vida! ¡Ah,
no, no querrá el cielo! Dentro de quince días sabré música y tocaré la corneta
de llaves.
Ramón se echó a reír.
IX
―¿Qué más queréis que os diga, hijos míos?
En quince días... ¡oh poder de la voluntad! En quince
días con sus quince noches (pues no dormí ni reposé un momento en medio mes),
¡asombraos!... ¡En quince días aprendí a tocar la corneta!
¡Qué días aquellos!
Ramón y yo nos salíamos al campo, y pasábamos horas y
horas con cierto músico que diariamente venía de un lugar próximo a darme
lección.
“¡Escapar!”... Leo en vuestros ojos esta palabra. ¡Ay!
Nada más imposible! Yo era prisionero, y me vigilaban. Y Ramón no quería
escapar sin mí.
Y yo no hablaba, yo no pensaba, yo no comía.
Estaba loco, y mi monomanía era la música, la corneta,
la endemoniada corneta de llaves.
¡Quería aprender, y aprendí!
Y, si hubiera sido mudo, habría hablado.... Y,
paralítico, hubiera andado.... Y, ciego, hubiera visto. ¡Porque "quería"!
¡Oh! ¡La voluntad suple por todo! QUERER ES PODER.
“Quería”: ¡he aquí la gran palabra!
“Quería”..., y lo conseguí. Niños, aprended esta gran verdad!
Salvé, pues, mi vida y la de Ramón. Pero me volví
loco. Y, loco, mi locura fué el arte. En tres años no solté la corneta de la
mano.
“Do-re-mi-fa-sol-la-si”; he aquí mi mundo durante todo
aquel tiempo.
Mi vida se reducía a soplar. Ramón no me abandonaba.
Emigré a Francia, y en Francia seguí tocando la corneta. ¡La corneta era yo!
¡Yo cantaba con la corneta en la boca!
Los hombres, los pueblos, las notabilidades del arte
se agrupaban para oírme....
Aquello era un pasmo, una maravilla....
La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacía
elástica, gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave, a la fiera, al
sollozo humano... Mi pulmón era de hierro.
Así viví otros dos años más. Al cabo de ellos falleció
mi amigo. Mirando su cadáver, recobré la razón. Y cuando, ya en mi juicio, cogí
un día la corneta... (¡qué asombro!), me encontré con que no sabía tocarla.
¿Me pediréis ahora que os haga son para bailar?
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